A veces la Providencia tira del sentido del humor para alinear los astros en su favor. El próximo 29 de noviembre todos los españoles hemos sido convocados a acudir a las urnas en unas elecciones extraordinarias para elegir nuevo Gobierno. 

Lo que seguramente no calculó el actual Presidente al escoger la fecha para estas elecciones es que coincidió con la celebración de la fiesta del beato Bernardo Francisco de Hoyos. En ella se recuerda cómo el 14 de mayo de 1733 el teólogo jesuita recibió por parte del Sagrado Corazón de Jesús una “gran promesa”. La cual podríamos considerar como una respuesta ante la queja presentada por Bernardo: ¿por qué en España aún no se conocía casi nada de la devoción que en Francia ya se había difundido, a partir de las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque, sesenta años antes? 

Lo que contestó el Sagrado Corazón al joven estudiante de teología en Valladolid fue una promesa: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

La afirmación del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a reflexionar hasta qué punto Su amor se ha convertido en fundamento y estructura de nuestras instituciones y nuestra sociedad, más allá de nuestras propias vidas y familias. Efectivamente, ya el 30 de mayo de 1919, el Rey Alfonso XIII consagró solemnemente España al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, reconociendo públicamente la soberanía de Jesucristo, frente a cualquier otra autoridad. 

No obstante, así como Francia nos precedió en la expansión de esta devoción, ahora también lo ha hecho en la crisis de la identidad religiosa y cultural de nuestro país. Basta echar un ojo a la cultura y las leyes derivadas de las políticas promovidas en nuestros países europeos contra la familia y en perjuicio de la auténtica libertad de la persona humana, bajo la excusa de un engañoso progreso. Ojalá logremos que en estas elecciones su Sagrado Corazón gane la batalla por el amor en nuestros corazones, las familias y vida pública.

La invitación que Cristo nos hace en el evangelio, de “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, no sólo apela a nuestra responsabilidad civil de votar, sino sobre todo al compromiso de permitir que Cristo reine en nuestras vidas y no construyamos una sociedad, de espaldas de su Amor, como si Dios no existiera.